Os dejo un interesantísimo artículo que he encontrado en http://www.eltiempo.com. Mi felicitación al autor porque me ha encantado:

Nuestra condición de mamíferos nos liga a todos desde el nacimiento, y de manera irrevocable, a la leche.

Es imposible pensar que algún ser humano, independientemente de la evolución que tenga el mundo, pueda desprenderse de su consumo, así sea en una etapa mínima de su vida.

No hablaré de la leche materna que, demostrado está, es el mejor alimento de todo crío durante el primer año de vida. Eso sí que no puede reemplazarse, ni siquiera con los superalimentos diseñados por la Nasa.

Superado este tema, hay que hablar de la leche de vaca o de cabra (entre gustos no hay disgustos), a la que de entrada la gente le atribuye pureza e irrefutables cualidades saludables.

Hay que decir, para empezar, que muchos creen que llevarla a la mesa todos los días garantiza que los huesos adquieran la dureza del mármol, pero eso no es del todo cierto.

Aclaro: sí ayuda, y mucho, pero hay que entender que el calcio que contiene este alimento es apenas uno de los factores que determina la masa ósea. En ella también influyen el componente hereditario, el ejercicio regular, la cantidad de vitamina E, los niveles de sodio y los hábitos de la persona: ¿Fuma? ¿Bebe trago? ¿Toma café? Todo cuenta.

La leche es un excelente complemento para aquellos que quieren evitar fracturarse al bajarse de un andén. Pero eso sí, tienen que cambiar todo su estilo de vida.

Razones sobran para oponerse radicalmente a afirmaciones de investigadores como Collin Campbell, de la Universidad de Cornell, según las cuales las proteínas de la leche crean un ácido que, en lugar de fortalecer los huesos, los desgasta. ¡Nada menos cierto!

De hecho otros estudios, como el de Gertjan Schaafsma, de la Junta científica para la prevención de la osteoporosis en los Países Bajos -y ellos sí que saben de leche-, afirman que mientras que los riñones de una persona funcionen bien, los ácidos de los alimentos están neutralizados por el amoniaco de la orina, lo cual impide que los huesos se afecten. Así que bienvenidas las proteínas lecheras.

Buena para todo

Pero no solo el calcio y las proteínas de este alimento benefician al cuerpo. Se sabe, por ejemplo, que las vitaminas B2, B6 y B12 juegan un papel importante en el metabolismo y el crecimiento de las personas, tanto que son necesarias para ayudar en la fabricación de glóbulos rojos, en el proceso de respiración y en la producción de defensas.

Y aunque es difícil saber si la leche, por sí sola, realmente protege contra ciertas enfermedades, según Jeanne de Vries, investigadora de la Universidad de Waginingen (en Holanda, donde también se toma mucha leche), sí hay una conexión positiva entre el bienestar y la leche. La científica asegura que cuenta con unas sustancias bioactivas que mantienen sana la flora intestinal y ayudan a controlar la tensión arterial.

El asunto es tan serio que se ha relacionado una disminución en el consumo de la leche con problemas de salud pública. También es clásico el estudio de los nutricionistas norteamericanos David McCarron y Robert Heany, que se pusieron a calcular el ahorro que el sistema de salud estadounidense haría, si cada ciudadano consumiera un vaso de leche al día.

Lo curioso es que los efectos más importantes se relacionaron con áreas como la obesidad, la diabetes tipo 2 y la tensión arterial.

Ahora, no se trata de que la gente se dedique a consumir productos lácteos sin límite alguno. Se sabe que los escolares y los adolescentes necesitan y toleran más este alimento que los adultos, tanto así que se recomienda, para estas edades, el consumo de dos a tres veces por día.

A los adultos jóvenes les bastaría un vaso diario. Y aun cuando nunca se ha establecido una relación directa entre el consumo de lácteos y el aumento del riesgo de enfermedades cardiovasculares, es prudente limitar la ingesta no de la leche, sino de la grasa que contiene. De ahí que las variedades con poca grasa o descremadas caen bien; incluso en adultos mayores.

En este punto es importante desmitificar algunas creencias alrededor de la leche. Por ejemplo: se dice que este líquido engorda, lo cual es falso. Las proteínas de este alimento son de alta calidad, un motor que estimula el metabolismo y la formación de músculos y de huesos. Por lo tanto tiene un efecto favorable, siempre que sea baja en grasa, claro.

¿Y las alergias?

Se sabe que entre uno y tres de cada cien niños desarrollan alergias a las proteínas de la leche, pero también que estas desaparecen, por lo general, después de los dos años de edad.

No es cierto que la leche entera tenga más calcio, pero sí que quienes toman este alimento desde niños tienen menos resistencia a la insulina, lo cual ayuda a prevenir la diabetes tipo 2.

Es claro, además, que con la edad el intestino delgado deja de producir lactasa, que es una enzima necesaria para digerir la lactosa (azúcar de los lácteos); cuando esto ocurre es necesario empezar a regular, disminuir y hasta eliminar el consumo de leche convencional, según el grado de intolerancia. Para eso hoy se producen leches sin lactosa.

En estas personas también se puede suplir el consumo de lácteos tomando leche en pocas cantidades (ojalá con el estómago lleno), bebiendo yogur o comiendo quesos maduros; estos productos tienen una menor cantidad de lactosa.

Ah, olvidaba algo muy importante: la leche es un alimento barato y disponible en todo el mundo.

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