Dietas ancestrales

En el principio no había ni pan ni mantequilla. La base de la alimentación era raíces, legumbres y bayas. También cazábamos con destreza. No somos fuertes, pero podemos lanzar objetos con mucha precisión. Hace 10.000 años se domesticaron los animales y las plantas. Suponemos que los cambios dietéticos ocurrieron a partir de entonces. Pero ya en el Paleolítico se cocinaban los alimentos, como demuestran restos de vegetales en los dientes.

Hemos dado la espalda a nuestro origen como especie. Como fuera, en algunos de nuestros ancestros se produjeron ciertos cambios que les hicieron más aptos -o suficientemente aptos- para sobrevivir y reproducirse en ese medio. Hay muchos: la forma del hombro, la facultad del habla, la oposición del pulgar, la postura erecta y, sin duda, la mente: la capacidad de ponerse en la piel del otro y en el futuro. Pero no está claro que se modificara su aptitud metabólica. Como los grandes monos, somos omnívoros. No creo que haya sido la dieta la que nos hizo. La capacidad metabólica que tenga un ser vivo determina sus opciones, pero la comida no nos modifica como especie. Sí lo hace como individuo. Por ejemplo, el que come mucha grasa gana peso y llena sus arterias de colesterol.

Está de moda en algunos foros la dieta prehistórica. Aducen que hace sólo unos miles de años que comemos alimentos elaborados para los que no está diseñado el ser humano. Realmente ningún ser vivo está diseñado para algo, simplemente ese diseño le da una ventaja que le permite sobrevivir. Es el azar. No hay ninguna razón para pensar que si le damos la espalda a la Naturaleza, a nuestra naturaleza, estemos atentando contra nosotros mismos. La Naturaleza es juez implacable, sólo admite a los más adaptados, no a los más fuertes, que eso es otra cosa, ni a los más complejos: a los más capaces de vivir en las circunstancias en las que viven. Comprende todo lo demás con lo que se relacionan, tanto lo animado como lo inanimado. Estamos sometidos a los límites de la física, la química y la morfología, pero las reglas de la naturaleza viva, cuán maravillosas sean, no son más que azares que podemos romper. Y rompemos para sobrevivir.

Quizá la aptitud más notable del ser humano sea la capacidad de modificar el medio. Razonamiento, habla y manos como ingredientes de la ciencia y la tecnología. En vez de tener que salir a buscar la comida, aprendió a cultivarla. Eso produjo un cambio en la dieta. El más interesante, y el que conocemos mejor, es el consumo de leche. Al principio, supongo, la leche que robaban a cabras o vacas domesticadas se empleaba para criar a bebés necesitados. No creo que los adultos la bebieran, o lo harían en pequeñas cantidades. No la metabolizaban bien. El azúcar de la leche necesita romperse en dos. Pero el gen que produce el enzima que fragmenta la lactosa deja de estar activo a los pocos años de vida. Es una cuestión de economía: los mamíferos no tienen oportunidad de beber leche de adultos, y fabricar lactasa sería un gasto. Pero basta que se produzca una mutación y el gen se mantenga activo para que esos adultos tengan la posibilidad de beber leche toda la vida. Frente a sus congéneres, estarán en ventaja. Poco a poco los sustituirán. Así se han ido seleccionando variedades humanas más aptas para el medio que hemos ido creando. Medularmente somos idénticos a los hombres del Paleolítico. Pero lo mismo que adquirimos esa mutación hemos acumulado otras favorables, incluso para la formación del cerebro. Quizá si pudiéramos hacer nacer un hombre del Paleolítico inferior tuviera dificultades para adaptarse: le sobrarían y faltarían aptitudes.

No hay razón para pensar que la dieta prehistórica sea más sana para nosotros por ser la primigenia. Ni siquiera sabemos cómo era. Es fácil suponer que los más fuertes comerían más carne, atracones el día de la caza alternando con períodos de alimentación más pobre. Conservamos la capacidad de almacenar cuando ahora podríamos hacerlo en frigoríficos, más cómodo que transportar esa carga, que además es perjudicial. Es un mal diseño para estos tiempos. Los débiles roerían los restos: carroñeros. Es posible que ésa sea otra modificación: la flora de nuestro intestino ya no resiste alimentos putrefactos, que sí pueden comer otros animales. Nos queda el recuerdo de ese gusto. Los romanos, que en algunas cosas llevaron las sensaciones al extremo, amaban el garum, una salsa de vísceras descompuestas de pescado.

Volver a los orígenes, como si la civilización fuera algo siempre dañino. Pero no lo es que el castor construya presas o las lombrices pacientemente produzcan tierra vegetal. Basados en ese razonamiento, también sería más sano vivir en cavernas, cocinar con fuego en lo más profundo de la cueva a la vez que nos intoxicamos con el humo.

fuente: lne.es

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